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Historias de terror: Jugamos a la Ouija y algo salió mal
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Historias de terror: Jugamos a la Ouija y algo salió mal

Jugar la Ouija no es tan bueno, pero imaginate jugarle en el cementerio, eso le pone un toque especial y le agrega más miedo a esta historia de terror.

por LaVerdad

Historias de terror: Jugamos a la Ouija y algo salió mal

Historias de terror: Jugamos a la Ouija y algo salió mal

Esta fue la única vez que he experimentado algo considerado como «paranormal»… y me gustaría que fuera la última.

Mis amigos y yo habíamos estado hablando acerca de jugar con la tabla Ouija en el último año escolar, pero por una u otra razón, nunca conseguíamos hacerlo. Así pasaron un par de semanas y una noche acudimos a una fiesta. Vi a Max, uno de mis amigos y aproximadamente a las dos de la madrugada, decidimos llamar a nuestro otro amigo Jaymond, que era el que tenía el tablero de Ouija. Le preguntamos si estaba cerca y nos contestó que sí. Todos acordamos reunirnos y decidimos ir a un cementerio para probar este macabro juego.

Historias de terror: Jugamos a la Ouija y algo salió mal
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Jugamos a la Ouija y algo salió mal

Para no hacer muy larga la historia, llegamos al cementerio y encontramos un lugar donde pudimos estacionar el auto cerca, y caminar un poco más entre las tumbas. Cualquier persona habría estado muerta de miedo, pero nosotros estábamos drogados y con varias copas encima, así que nuestra confianza era muy alta y no nos sentíamos asustados en lo más mínimo.

Nos sentamos formando un triángulo, mientras Jaymond preparaba la tabla. Todos pusimos nuestras manos en el tablero y después de cinco o diez minutos de intentar y reírnos, no pasaba nada.

Historias de terror: Jugamos a la Ouija y algo salió mal
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—¿Estás seguro de que esta cosa funciona?

—¡Qué va! Si desde el principio les dije que no era más que un juego.

—Esto está comenzando a ponerse aburrido, ¿no?

Nos dimos por vencidos y empezamos a levantarnos. Tan pronto como nos pusimos de pie, un silencio abrumador se apoderó del cementerio. En ese instante escuchamos pasos sobre las hojas secas, como si alguien las estuviera pisando y acercándose a nosotros. Pero no había nadie allí.

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En ese momento nos volvimos locos y yo decidí decir que era hora de largarnos. Les dije a Max y a Jaymond que se subieran al auto lo antes posible para salir de allí. Me metí en el asiento del conductor y arranqué el coche. Jaymond seguía afuera, junto al asiento del pasajero pues se había demorado al recoger el tablero de Quija. Le grité que entrara. Después de que Max se subió al asiento trasero, Jaymond nos miró con la cara increíblemente pálida.

—¿Qué pasa? —le pregunté.

—Es la Ouija, se ha vuelto muy pesada.

Unos pocos segundos después, el tablero salió volando de su mano como si alguien lo tirara cual si fuera un frisbee. Yo estaba observando a mi amigo y sus manos no se habían movido en absoluto… inmediatamente nos aterrorizamos y Jaymond todavía tuvo la audacia de correr y agarrar la Ouija antes de entrar al auto y escapar de allí.

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Todo esto sucedió hace unos 5 años y hoy sigue causándome pavor. Recuerdo que la semana siguiente al incidente, no dejaba de sentir como si algo estuviera siguiéndome. Eventualmente mi vida volvió a la normalidad, aunque no dejo de preguntarme que fue lo que ocurrió esa noche y que habría pasado si no hubiéramos salido a tiempo.

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