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¿No tendrás unas chanclas?

por La Verdad

Sabina Bautista Escritora y asesora creativa de La Verdad @barbiekundera 1: 00 am por primera vez participo de simulacro de sismo en la CDMX—cabe decir que estaba en el piso 11— Iba a tomar todas mis cosas, una maleta negra de viaje y mi back pack con computadora porque a las 6:00 tenía que tomar un avión, pero el Coordinador me dijo: “Nada de cosas, es seguro dejarlas”. Obediente salí tranquila, bajando con otros por la escalera como hormigas ordenadas. Subimos después de un rato y el ejercicio me pareció un acierto en la cultura de prevención. A las 13:14, justo cuando me subía al elevador, empezó a moverse la tierra. Ahora el sismo era real. Entré en pánico salté hacia la escalera, pero no pude seguir, me quedé petrificada en una esquina, sólo podía ver el edificio de enfrente moverse mientras vidrios y paredes se desprendían. No, no me hice ninguna pregunta, ni siquiera podía respirar. Mi amiga me abrazó y muy quedito me ordenó— respira— y olvidando las instrucciones de nada de cosas, tomó mi maleta negra y juntas empezamos a bajar los 11 pisos en medio de vómito, llanto y gritos de “mantengan su derecha”. Una vez en la calle, estábamos en Varsovia, en la Zona Rosa, el olor a gas era insoportable así que como ganado asustado nos guiaron hacia Paseo de la Reforma. La maleta negra, esa que en el simulacro dejé, ahora iba conmigo, la agarraba como un náufrago se aferra a una tabla de salvación. Frente al Ángel de la Independencia empecé a pensar, más bien a recordar, por qué estaba tan aterrada. Hacía 32 años un terremoto similar obligó a mi familia a mudarse; mi madre nos llevó lo más lejos que pudo a un lugar donde nunca, nunca temblara. Ahora regresaba al punto de partida, mirando a toda esa gente llorar, gritar que apagáramos el celular por las fugas de gas y advirtiendo sobre una posible una réplica. Me sentía como en una película de ficción. “Disculpe, me da mucha pena, pero ¿No tiene unas chanclas?” La voz, una mezcla de llanto y plegaria, me sacó del caparazón del miedo. Frente a mí una chica de apenas 16 años se retorcía las manos asustada. “Trabajo en ese edificio haciendo la limpieza, no había nadie y sólo salí corriendo, pero me caí por las escaleras y perdí mis chanclas. He caminado mucho y me duelen los pies” me dijo casi disculpándose. Bajé la vista y descubrí que iba descalza. “La maleta negra” recordé, claro que tengo zapatos, claro que puedo dárselos. En medio de caos la abrí. No le di unas chanclas, —que sí tenía— sino unos tenis porque pensé, “si tenemos que correr, no se va a caer”. Fue así que recuperé el aliento, al verla ponerse los tenis, que le calzaban perfectos. Me dio las gracias, nos abrazamos y seguimos avanzando. Unos kilómetros más adelante, cerca de Chapultepec me senté en una banca, miraba a la gente como un cóctel de emociones y desamparo. Vi a otra chica, con sendos tacones de 10 cm caminar hacia mí, cuando la tuve cerca noté que lloraba “Amiga ¿no tendrás unas chanclas o unos calcetines? No puedo caminar más y mi casa está muy lejos”. Entonces entendí el propósito de mi maleta: ayudar a quien necesitaran algo de ella. Le di mis chanclas y más tarde regalé una camiseta a otra chica que moría de calor. Para llegar a casa tuve que pedir aventón. Coincidencia, drama o ángel, una chica de 24 años, de nombre Renata, iba justo al lugar a donde necesitaba: Santa Fe. Así compartí con otras cinco desconocidas un trayecto de casi cuatro horas por el tráfico. La experiencia me dice que la empatía es ponerse en los zapatos de otro, pero la solidaridad es dar tus zapatos a otros, así sin pensar. ¿O tú que piensas?

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