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Adán  Echeverría
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Las reliquias del hombre ave: El flujo sensorial de los cuentos de Inés Arredondo

Adán Echeverría

por LaVerdad

Adán  Echeverría

Adán Echeverría

16 textos forman la nueva selección de Inés Arredondo que han sido realizada por Geney Beltrán Félix (Culiacán, Sinaloa, 1976) para la Editorial Océano, y que ha sido publicada bajo el nombre de “Estío y otros cuentos”; en febrero de 2017. En él confluyen sus tres obras: ‘La señal’ (de 1965) de la que se incluyen seis textos; ‘Río subterráneo’ (de 1979), del que se toman siete; y de ‘Los espejos’ (1988) se incluyen tres narraciones.

Un libro breve, pero contundente, que necesita ser leído por todos aquellos que aspiren a desarrollarse en el arte del cuento. Para todos esos creadores que tienen el objetivo de ficcionar anécdotas, construir personajes, la obra de Inés Arredondo es visita obligatoria.

Recientemente como parte de mi continuo revisar cuentos, me han llegado antologías, y en algunas con pena pude volver a palpar ese tremendismo literario, que ocurre cuando algunos autores intentan narrar desde el erositmo, o desde lo pornográfico, pretendiendo asustar a las buenas conciencias lectoras. A todos aquellos que en sus cuentos hablan del incesto, la pederastía de personajes religiosos, la obra de Arredondo debería ser modelo para saber decir las cosas, y hacerlas creíbles.

Tienen que leer con mucha calma, y reconocer ¿cuáles son las fórmulas que la autora utiliza para la creación de sus historias, para el tejido de sus tramas, para la construcción de sus personajes?

Ya desde el primer cuento “Estío”, nos situamos ante la sorpresa que rompe el cliché del clásico encuentro entre la mujer adulta y el amigo de su hijo. Porque la mujer va desarrollando su necesidad párrafo a párrafo, y hace del acto de comer un mango, la pequeña felación: “Cogí uno y lo pelé con los dientes, luego lo mordí con toda la boca, hasta el hueso; arranqué un trozo grande, que apenas me cabía, y sentí la pulpa aplastarse y al jugo correr por mi garganta, por las comisuras de la boca, por mi barbilla, después por entre los dedos y a lo largo de los antebrazos”.

Podemos sentir en carne propia la desesperación de las acciones del personaje de “La Sunamita”, que se va dejando arrastrar por las voces que la rodean para contraer matrimonio con el tío moribundo que la había ayudado económicamente durante su infancia y juventud: “Resultó inútil. Tres días después me avisaron que mi marido se estaba muriendo y me llamaba”.

Inés es una autora capaz de tomar distancia de sus personajes, y por eso los muestra tan reales dentro de la ficción; por eso podemos sufrir con ellos sin la necesidad de juzgar sus acciones y sin tomar partido. Lo cual evidencia la falta de moral, y de moraleja social dentro de los textos, algo que los escritores noveles deben aprender.

Un hombre se deja besar los pies por un fanático religioso, una mujer se entrega por última vez al amor de su vida a quien ha decidido abandonar, una pareja que conoce el amor desde la infancia lo ve diluirse por las decisiones de la sociedad, un trío amoroso se disuelve entre la soledad, el burdel y las pequeñas venganzas del abandono, un hombre descalifica a una muchacha mientras construye una fantasía machista para castigarla, la violencia doméstica sobre la mujer que ha construido una prisión de amor de la que no logra escapar: “Nos fueron concedidos muchos años de felicidad ardiente y honorable. Por eso creo, ahora mismo que estamos dentro de una gran ola de misericordia”. O el choque de la cultura oriental en un pedazo del México de nuestros abuelos, en el que la xenofobia no deja de herir hasta la muerte. Así como el pequeño dejo de tristeza que se diluye en la mirada de un desconocido con quien el personaje topa en un vagón del metro.

O el cambio de tono que se aprecia en la joya que es el texto “Orfandad”, en el que leemos a una niña no darse cuenta de la pérdida que va enfrentando, y lo social se vuelve físico desde el dolor de la amputación hasta del nombre. Arredondo es brutal al referirnos ese desapego social que sobre la infancia, sobre las niñas, sobre lo roto, lo feo, se deja percibir en la sociedad mexicana tan religiosa y moralina.

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