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Homilía: “Tú eres mi Hijo, el predilecto; en ti me complazco” (Lc 3, 22)
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Homilía: “Tú eres mi Hijo, el predilecto; en ti me complazco” (Lc 3, 22)

Gustavo Rodríguez

por LaVerdad

Homilía: “Tú eres mi Hijo, el predilecto; en ti me complazco” (Lc 3, 22)

Homilía: “Tú eres mi Hijo, el predilecto; en ti me complazco” (Lc 3, 22)

Después de la solemnidad de la Navidad y su octava, hemos recorrido la segunda parte de este tiempo en dos etapas: antes y después de la Epifanía. Esta palabra significa “manifestación”, considerando que el 6 de enero la Epifanía es la Navidad para los pueblos orientales, representados en los tres Reyes Magos. Además, este tiempo nos trae la presencia de otras epifanías: la del momento del Bautismo de Cristo y la de las bodas de Caná.

En su Bautismo, el Nazareno manifestó su divinidad al ser señalado por la voz del Padre y por el Espíritu Santo que desciende sobre él en forma de paloma. Es la primera manifestación de la Santísima Trinidad. El Espíritu bajó sobre él, por eso desde entonces será reconocido como “el Cristo”, es decir, “el ungido”, ya que eso significa esa palabra. La palabra “Cristo” es de origen griego, mientras que la palabra “Mesías” es de origen hebrero, pero tiene el mismo significado: el elegido, el consagrado, el ungido, no con aceite sino con el Santo Espíritu. Dice san Pedro hoy en la primera lectura, tomada del libro de los Hechos de los Apóstoles: “Después del bautismo predicado por Juan: Dios ungió con el poder del Espíritu Santo a Jesús de Nazaret”.

La voz del Padre resonó aquel día del bautismo del Señor con toda claridad diciendo: “Tú eres mi Hijo, el predilecto; en ti me complazco” (Lc 3, 22). El primer hombre, Adán, por su desobediencia, no fue de la complacencia del Padre. Tuvo que venir su eterno Hijo a encarnarse como nuevo Adán en el seno de la Virgen María, para que sólo en él encontrara en el Padre toda su complacencia.

Por nuestro Bautismo, hemos sido destinados a conformarnos con el nuevo Adán. Podemos cada uno de nosotros complacer al Padre en la medida en que nos asemejemos al nuevo Adán. La Iglesia santa incorpora a sus hijos por el Bautismo, para que vivan complaciendo a Dios en todo lo que piensan, dicen y hacen, dando el título de santos a todos aquellos y aquellas que han complacido al Padre celestial de manera significativa, extraordinaria y ejemplar para todos, siguiendo el modelo perfecto del nuevo Adán.

Ya en el Antiguo Testamento Yahvé Dios se había expresado así de su siervo sin que se pudiera entender el sentido pleno de estas palabras proféticas. Hoy la primera lectura nos presenta el llamado primer Cántico del Siervo de Yahvé, en el que Dios decía: “Miren a mi siervo, a quien sostengo, a mi elegido en quien tengo mis complacencias. En él he puesto mi espíritu”. Así el Padre nos muestra a su Hijo, manifestándose a la vez a sí mismo y al Espíritu que pone sobre su Hijo, en esta Epifanía Trinitaria que sólo a la luz del Evangelio se puede interpretar plenamente.

La misión que Yahvé encomendó a su Siervo se realizó en la Encarnación, Muerte y Resurrección de su Hijo, pero se sigue realizando en la vida y misión de todos aquellos y aquellas, quienes ungidos por el mismo Espíritu de Dios, continúan promoviendo con firmeza la justicia y se esfuerzan por establecer el derecho sobre la tierra.

El mesianismo del Siervo de Dios debe continuar en cada bautizado, sin constituir héroes aislados e individuales, sino epifanías, es decir, manifestaciones de la única obra salvadora de Dios que dice: “Yo, el Señor, fiel a mi designio de salvación, te llamé, te tomé de la mano, te he formado y te he constituido alianza de un pueblo”.

Antes de Cristo, el signo de inserción en el pueblo de Dios sólo era para los varones, a los ocho días de nacidos, por la circuncisión. En esa misma ocasión de la circuncisión se les imponía el nombre. En el caso de los primogénitos, como lo era Jesús, a los cuarenta días de nacidos tenían que ser presentados en el templo de Jerusalén y rescatados pagando con el precio de “un par de tórtolas o dos pichones” (Lev 5, 7-11; 14, 22; Lc 2,24).

Los bautismos de Juan, así como de otros predicadores y bautistas no eran el rito formal de pertenencia al pueblo de Israel, sino un signo de arrepentimiento de quienes buscaban significar su purificación. Sólo después de la resurrección de Cristo y del nacimiento de la Iglesia, el Bautismo se convierte para todos, hombres y mujeres, en el signo de inserción en la Iglesia, Cuerpo de Cristo.

Así, el bautismo de Juan era figura y anuncio del Bautismo de Cristo en la Iglesia. Con toda honestidad y autenticidad, Juan reconoce que sólo bautiza con agua, mientras que el que viene bautizará con el Espíritu Santo y con fuego. Nosotros en la Iglesia, con la misma honestidad y autenticidad de Juan, pero con fe en aquel que es nuestra Cabeza de la Iglesia, sabemos que el signo bautismal del agua comunica al Espíritu Santo y su fuego en cada nuevo cristiano.

Fijémonos que, tanto la manifestación del Espíritu Santo como la de la voz del Padre suceden, según san Lucas, mientras Jesús está en oración. Si tú y yo queremos que venga sobre nosotros el Espíritu y que el Padre nos exprese su complacencia, esto sucederá cada vez que queramos conectarnos en oración.

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