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Emilio Carlos Berlie Belaunzarán
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Homilía: III domingo de pascua

Emilio Carlos Berlie Belaunzarán

por LaVerdad

Emilio Carlos Berlie Belaunzarán

Emilio Carlos Berlie Belaunzarán

La misión de la Iglesia ha sido a lo largo de los XXI siglos de su historia dar testimonio de la Resurrección de Cristo. Ella es la fuente de donde brota todo lo que es y hace la Iglesia. Ninguna otra religión se atreve a afirmar que su fundador haya resucitado de entre los muertos. Y así como podemos afirmar las glorias de los que hace 200 años, como héroes de nuestra Patria, lucharon y lograron la Independencia Nacional, así también, como fieles hijos de nuestra madre la Iglesia, podemos dar testimonio de la Resurrección de Cristo nuestro Señor.

 

I.- Hech 3, 13-15; 17-19

Esta primera lectura forma parte de un episodio que comienza con un milagro en uno de los pórticos del templo de Jerusalén, sigue con un discurso misionero explicándolo, continúa con el arresto de los apóstoles Pedro y Juan y el proceso del Sanedrín como si éstos fuesen delincuentes, y concluye con la oración de la comunidad y el descenso del Espíritu Santo en forma sensible (Hechos de los Apóstoles Cap. 3 y 4).

En la parte del texto que corresponde al día de hoy hemos escuchado el discurso de San Pedro, que sigue a la curación milagrosa de Pedro y Juan a un tullido que pide limosna a las puertas del Templo. La gente se agolpó en torno a los dos apóstoles y San Pedro aprovecha la ocasión para anunciar el Evangelio.

A la pregunta que todos tienen en sus labios, Pedro les responde, que quien verdaderamente ha curado al paralítico es Jesucristo, pues en su nombre, dice, le ordenamos caminar para que se muestre la eficacia de la acción de Dios y de esta forma sea evidente que el Padre glorifica a su Hijo. Ustedes -los oyentes- rechazaron al Mesías y prefirieron pedir el indulto de un asesino. Pero Dios los ha resucitado y “nosotros somos testigos, pues lo vimos, escuchamos, tocamos y comimos con Él”.

Pedro disculpa a los autores del crimen, pues ignoraban el plan de Dios anunciado por los profetas, pero ellos necesitan arrepentirse de esta oposición al plan de Dios, para merecer el perdón.

El sincero arrepentimiento trae consigo la conversión que es la transformación interior, que hace pasar a la persona de la ignorancia a la fe; aceptar a Cristo en su vida, adherirse a su persona y enseñanzas, vivir acorde a los mandamientos, realizando los designios de Dios, en lo personal y en la comunidad.

 

II.- 1 Jn 2, 1-5

Las palabras de Jesús a sus discípulos, según las cuales con su muerte y su resurrección se actúa la remisión de los pecados, se celebran en esta carta como el acontecimiento más consolador y lleno de esperanza para los pecadores.

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