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Homilía: “Hagan lo que él les diga” (Jn 2, 5)
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Homilía: “Hagan lo que él les diga” (Jn 2, 5)

Gustavo Rodríguez 

por LaVerdad

Homilía: “Hagan lo que él les diga” (Jn 2, 5)

Homilía: “Hagan lo que él les diga” (Jn 2, 5)

El pasado martes y miércoles tuvimos la dicha de recibir en Mérida las reliquias de primer grado de San José Sánchez del Río, quien a los 14 años murió mártir en Sahuayo, Michoacán, el 10 de febrero de 1928. Las reliquias de “Joselito” iban rumbo a Panamá, pasando por varias ciudades de México, para acompañar a la delegación mexicana de jóvenes que van a participar en la Jornada Mundial de la Juventud, que esta semana se va a realizar en dicho país del 22 al 27 de enero, con la asistencia del Papa Francisco.

En la misa que celebramos en la Santa Iglesia Catedral, en presencia de las reliquias de San José Sánchez del Río, dimos la bendición a la delegación de los Jóvenes de Yucatán, que ahora ya se encuentran en Panamá. El lema de esta Jornada es “He aquí la sierva del Señor; hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38), es decir, la respuesta de la Santísima Virgen María al Arcángel Gabriel, aceptando la encarnación del Divino Verbo en su vientre. Espero que los jóvenes, siguiendo el ejemplo de María, den su sí comprometido al Señor para servirlo siempre. Oremos por toda la juventud y por todos nosotros, para que aprendamos de esta Jornada Mundial, el modo de llevarlos a Cristo.

El evangelio de hoy es el pasaje de las bodas de Caná, un texto que es todavía de Epifanía, pues el milagro que aquí realiza Jesús es real y a la vez cargado de simbolismo. Jesús es el Esposo que llega para iniciar la fiesta de bodas del Cordero. Desde el Antiguo Testamento se había anunciado este simbolismo nupcial, tal como aparece hoy en la lectura del profeta Isaías donde dice: “Como un joven se desposa con una doncella, se desposará contigo tu hacedor; como el esposo se alegra con la esposa, así se alegrará tu Dios contigo” (Is 62, 5). 

Además dice el texto evangélico que mediante este milagro, Jesús manifestó su gloria “y sus discípulos creyeron en él” (Jn 2, 11). Es un mensaje de Iglesia, porque María, Madre de la Iglesia, interviene para que Jesús realice el primer milagro; y sus discípulos que serán las columnas de la Iglesia, son fortalecidos en la fe mediante el milagro atestiguado. Esto pues, significó fortalecer los cimientos de su Iglesia. 

La eclesialidad se ve manifiesta igualmente en la pareja matrimonial, pues Jesús, en otro pasaje, dice que donde dos o más se reúnen en su nombre, ahí está él en medio de ellos (Mt 18, 20). Por eso el matrimonio católico es un sacramento, porque hace presente a Cristo, haciendo entonces de la familia una iglesia doméstica, comunidad de creyentes.

La vida de Iglesia también se manifiesta en la segunda lectura, tomada de la Primera Carta de san Pablo a los Corintios, donde se habla de los distintos carismas (dones), que hay en la comunidad: unos tienen una sabiduría notoria; otros tienen el don de ciencia; otros una fe extraordinaria; otros la gracia de hacer curaciones; mientras que otros tienen poderes de obrar milagros; uno recibe el don de profecía otro el de discernir espíritus; uno tiene el don de lenguas y otro el de interpretarlas (cfr. 1 Cor 12, 4-11). No cabe duda que la comunidad de Corinto era rica en dones y carismas. 

Tomemos en cuenta tres cosas: la primera es que todos esos dones siguen existiendo, aunque no en la proporción que se veía en las primeras comunidades, tal vez porque la primera evangelización necesitaba mucho de todos estos signos; la segunda cosa es que nadie tenía estas gracias sólo por sí mismo, sino que eran y siguen siendo dones que da el Espíritu Santo en favor de la comunidad, no de los individuos; y la tercera cosa es que, como luego les explicará san Pablo, aunque tengan esos dones, si no tienen el amor se pueden condenar.

No te preocupes si no crees tener alguno de los carismas que había en la comunidad de Corinto; si tienes caridad, tienes lo más importante y lo que realmente cuenta ante Dios.

Volviendo al milagro de las bodas de Caná, éste consistió en convertir seiscientos litros de agua en el mejor de los vinos. Ese fue el primer milagro, que a la vez fue profecía del que sería el último, el del Cenáculo, cuando Cristo convirtió el vino en su sangre; y también fue profecía del milagro cotidiano que sucede en cada misa en las manos del sacerdote. 

El vino de la Pascua Judía recordaba la sangre de los corderos, derramada la última noche de la cautividad en Egipto. Con esa sangre los hebreos marcaron las jambas y el dintel de las puertas de sus casas, siendo esa  la señal para que el ángel pasara de largo y respetara la vida de sus primogénitos. Esa era la Antigua Alianza; por eso en la Última Cena Jesús ofrece a sus discípulos el cáliz lleno de vino y los invita a beber, porque es el cáliz de su sangre, “sangre de la alianza nueva y eterna” (Mt 26, 28).

Dice además el texto que el agua de aquellas tinajas, servía para las purificaciones de los judíos. En adelante quedamos purificados en virtud de la sangre de Cristo. Si el Bautismo nos salva, es porque está avalado por esa sangre preciosa y redentora, y si el agua bendita nos sirve de algo, es precisamente en la medida que nos actualiza la gracia bautismal.
 

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