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Homilía: “El que coma de este pan vivirá para siempre” (Jn 6, 51)
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Homilía: “El que coma de este pan vivirá para siempre” (Jn 6, 51)

Gustavo Rodríguez Vega

por LaVerdad

Homilía: “El que coma de este pan vivirá para siempre” (Jn 6, 51)

Homilía: “El que coma de este pan vivirá para siempre” (Jn 6, 51)

Muy queridos hermanos y hermanas, los saludo con el afec­to de siempre y les deseo todo bien en el Señor, en este domingo 19º del Tiempo Ordinario.

Comenzando por la segunda lectura de hoy, que da continuidad a la Carta de san Pablo a los Efesios, el Apóstol les dice a los cristianos de aquella comunidad: “No le causen tristeza al Espíri­tu Santo, con el que Dios los ha marcado para el día de la liberación final” (Ef 4, 30). ¿Cómo podían los efesios y cómo podemos nosotros causar tristeza al Espíritu Santo? Miren que todos los bautizados hemos sido consagrados a Dios nuestro Padre con el Santo Espíritu en el Bautismo, cuando el sacerdote nos ungió en la frente con el santo crisma. La inmensa mayoría de nosotros los bautizados fuimos de nuevo ungidos en la frente en el sacramento de la Confirmación; los sacerdotes fuimos ungidos en nuestras manos en la Ordenación Sa­cerdotal, así como a los obispos se nos derramó el santo crisma sobre nuestra cabeza cuando fuimos ordenados. Somos entonces, un pueblo sacerdotal, de elegidos, ungidos y consagrados.

Se supone que libremente tendríamos que dejarnos conducir en nuestra vida por las inspiraciones del Espíritu Santo; y junto con Él y por Él pensar bien, hablar bien, actuar bien. Sin embargo, abusando de nuestra libertad, entristecemos al Espíritu actuando en modos con­trarios a sus mociones. Muchos de nosotros nos justificamos diciendo que así es nuestro carácter y que no vamos a cambiar. Cada quien tie­ne su temperamento que es como su corcel para cabalgar por la vida, pero hay que ponerle rienda a nuestro corcel para que no se vaya por donde él quiere, sino para que nos lleve a donde nosotros, inteligente y amorosamente queremos llegar, conducidos por el Espíritu. Enton­ces, tener buen carácter significa conducir nuestro temperamento para el bien. También podríamos excusarnos con la conocida frase: “Yo quisiera ser santo, pero los demás no me dejan”, cuando la verdad es que en tanto más nos mortifican o contrarían los demás, tenemos más oportunidad de sacarle brillo a nuestra santidad.

Lo efesios tenían algunos problemas de falta de unidad entre ellos y lo que san Pablo les manda es en orden a construir la unidad de su comunidad. También nosotros tomemos ese mandato, que si nos lo proponemos, podemos cumplirlo con el auxilio del Espíritu divino.

Hagamos pues en serio, el propósito de obe­decer este mandato del Apóstol: “Destierren de ustedes la aspereza, la ira, la indignación, los insultos, la maledicencia y toda clase de maldad. Sean buenos y comprensivos, y per­dónense los unos a los otros, como Dios los perdonó por medio de Cristo” (Ef 4, 31-32).

Cumplir este mandato es amor del bueno, no del que se siente, sino del que se decide con el corazón, la inteligencia y la voluntad. Cumplir este mandato nos garantiza un feliz matrimonio; nos garantiza unas excelentes relaciones dentro de la familia; nos garantiza inmejorables amistades, las que ya tenemos o las que podemos hacer; nos garantiza am­bientes laborales pacíficos, alegres y produc­tivos; nos garantiza una sana y respetuosa convivencia con los vecinos, etc., etc.

La primera lectura de hoy como siem­pre, nos prepara y dispone muy bien para escuchar el evangelio, que en esta ocasión significa continuar escuchando el capítulo 6 del texto evangélico según san Juan. Se trata del Primer Libro de los Reyes, donde se narra el episodio en el que el profeta Elías, desespe­rado por ser rechazado y perseguido a muer­te, le pide al Señor que le quite la vida. Se duerme desvanecido y es despertado por un ángel que le dice: “¡Levántate y come!”; por lo que come de un pan que encuentra cocido sobre piedras y bebe de un jarro de agua que igualmente encuentra junto al pan. Después de comer y beber, se vuelve a quedar dormi­do, y luego el ángel lo volvió a despertar para indicarle: “¡Levántate y come! Porque aún te queda un largo camino” (1Re 19, 5-7).

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