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Homilía: “Amarás al Señor tu Dios con todo el corazón”
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Homilía: “Amarás al Señor tu Dios con todo el corazón”

Gustavo Rodríguez 

por LaVerdad

Homilía: “Amarás al Señor tu Dios con todo el corazón”

Homilía: “Amarás al Señor tu Dios con todo el corazón”

Muy queridos hermanos y hermanas, les saludo con el afecto de siempre y les deseo todo bien en el Señor, en este domingo trigésimo primero del Tiempo Ordinario. Acabamos de celebrar a todos los santos y a los fieles difuntos en general. Sigamos hoy dando gracias al Señor por la multitud de santos en el cielo que nadie puede contar, que además interceden por nosotros junto con Cristo.

Tengamos en cuenta lo que nos enseñaba san Bernardo: “¿De qué sirven a los santos nuestras alabanzas, nuestra glorificación, esta misma solemnidad que celebramos? ¿De qué les sirven los honores terrenos, si reciben del Padre celestial los honores que les había prometido verazmente el Hijo? ¿De qué les sirven nuestros elogios? Los santos no necesitan de nuestros honores, ni les añade nada nuestra devoción”. Es decir que, con o sin nuestras fiestas los santos son ya plenamente felices, pues como decía santa Teresa: “sólo Dios basta”, y ellos tienen a Dios eternamente. ¿Entonces, para qué gastar tanto en voladores, tanta energía en las fiestas de nuestros santos patronos, si ellos no las necesitan? Pues porque la fiesta es para nosotros, para que nos animemos a llegar a donde ellos ya están, sabiendo que eran iguales a nosotros, de carne y hueso, aunque logrando vencer toda tentación como también nosotros las podemos vencer. Esforcémonos pues, por imitar sus virtudes.

La segunda lectura de hoy tomada de la Carta a los Hebreos, sigue abundando sobre la superioridad incomparable del sacerdocio de Cristo, con respecto de los sacerdotes del Antiguo Testamento. Tengamos en cuenta que esta carta está seguramente dirigida a un grupo de cristianos que antes fueron sacerdotes o levitas en el templo de Jerusalén, o quizá que por cualquier otro cargo o motivo seguían añorando la liturgia del templo y aquel sacerdocio. Por eso les debe quedar bien clara la fuerza intercesora del sacerdocio de Cristo que es eterno y que con un solo sacrificio, el de la cruz, no redimió de nuestros pecados.

Dice: “Ciertamente que un sumo sacerdote como éste era el que nos convenía, santo, inocente, inmaculado, separado de los pecadores y elevado por encima de los cielos” (Heb 7, 26). Los sacerdotes en la Iglesia celebramos los sacramentos de la salvación de Cristo, con su poder y autoridad, no por nuestros méritos y virtudes sino porque celebramos “In persona Christi”; así Jesús es el que se hace presente en cada sacramento y acción de la Iglesia.

En el salmo 17 que hoy proclamamos decimos: “Yo te amo, Señor, tú eres mi fortaleza”, con lo que expresamos una confesión sincera de amor creyente en la existencia de Dios. Los grandes filósofos de la antigüedad llegaron al descubrimiento lógico de la existencia de Dios con la fuerza de la pura razón, pero no lo conocieron como una persona con la que se pudieran comunicar de tú a tú, en un intercambio extraordinario del amor divino con el amor humano. En el culto de todas las religiones antiguas, los hombres trataban con sus dioses con mucho miedo, intentando complacerlos y “negociar” con ellos, ofreciéndoles sus constantes sacrificios para aplacar su ira y alcanzar sus favores. Por cierto, no estaban del todo errados cuando pensaban que las vidas humanas eran los mejores sacrificios para ellos, pues esto es un reconocimiento indirecto del valor de la dignidad humana.

¿Cómo entender que el amor a Dios se haya constituido en un mandamiento para el pueblo de Israel y también para nosotros los cristianos? Sobre este mandamiento escucharemos en la primera lectura de hoy, tomada del Libro del Deuteronomio. ¿Cómo se puede imponer el sentimiento del amor, si éste debe ser el sentimiento más libre y espontáneo? Precisamente se impone porque el amor no es tan sólo un sentimiento, sino una capacidad humana que supone nuestra inteligencia, nuestra convicción y nuestra decisión, de lo que se genera un sentimiento sólido, basado en la práctica continua de la oración y de la obediencia a Dios. Necesitamos expresar nuestra convicción de amor a Dios, y entonces el sentimiento vendrá sin darnos cuenta cuándo ni cómo, sólo si dejamos de instrumentalizar a Dios y lo tratamos de manera afectuosa con palabras que expresan y provocan el amor. No nos cansemos, pues, de decir: “Yo te amo, Señor”.

En el santo evangelio del día de hoy, un escriba, es decir, un conocedor de la ley de Moisés, le pregunta a Jesús cuál de todos es el primer mandamiento de la ley. Que un escriba pregunte esto quiere decir que en verdad no les quedaba muy claro la escala existente entre los mandamientos; significa que reconoce que Jesús, quien no tuvo los estudios de un escriba, le puede aclarar algo tan importante. Jesús le contesta recordándole el pasaje que escuchamos hoy en la primera lectura: “Escucha, Israel: El Señor nuestro Dios, es el único Señor; amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas” (Dt 6, 4-5; Mc 12, 30).

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