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El nido del kau: Dos lecciones
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El nido del kau: Dos lecciones

William Casanova: Colaborador de La Verdad

por LaVerdad

El nido del kau: Dos lecciones

El nido del kau: Dos lecciones

Gracias a los compañeros comunicadores que me han invitado a participar en sus programas de análisis en medios electrónicos, en páginas de Facebook, canales de Youtube y transmisiones en internet. A todas, con infinita gratitud, les contesto no.

Ellos entienden que, en primer lugar, soy parte de una veterana generación para la cual no hay nada más respetuoso que el intercambio de ideas, cosmovisiones y diferencias a través de la palabra impresa. Nada supera la belleza de una carta de amor. Imborrables para el corazón son las heridas de recibir una carta con dolor y resentimiento de una persona apreciada. En mi caso, funciona: mantengo relaciones de respeto incluso en una de la redes sociales con mayor ferocidad: el Twitter.

Una vez, con los primeros vientos de abril, llegó el suicidio de Armando Vega Gil, bajista de “Botellita de Jérez”, que desató un escándalo en las redes sociales contra el movimiento #MeToo. Me atreví a responder un tuit de la periodista, escritora y excelente tuitera Alma Delia Murillo, y en menos de lo que el congreso yucateco se esconde en votaciones secretas con papeletas para negarse a la aprobación del matrimonio igualitario, me cayeron veinte mentadas de madre, amenazas, insultos….¡Bueno, para terminar pronto: bañado en un discurso de odio!. 

Me atreví a responder, con total educación y sin ánimo de engrandar nuestros distintos puntos de vista, a cada una de esas autollamadas entonces “feminazis”. Sucedió lo inesperado: la mayoría de ellas retiraron sus insultos y hasta borraron sus ofensas personales no obstante su profundo odio al patriarcado, a la “cosificación” de la mujer, el culto al flow, la imperdonable traición de feministas  adictas al placer del perreo y el reggaetón.

Lección uno: a través del medio escrito, el Nido del Kau entiende a sus amigos. No necesito presumir números de seguidores, de visitas, de lectura, de retuits, radioescuchas, televidentes o hasta eso del “pinkwashing” que agrupaciones locales atribuyen a las redes sociales de la Secretaría de Turismo de Yucatán. Somos un grupo de amigos, con este pequeño número estamos contentos y casi nos conocemos todos.

En segundo lugar, si fuera ave canora con gusto me apoderaría de un micrófono. Pero los kaues no cantan: graznan. El feo sonido gutural que emiten, ya en los despertares, ya en las tardes sobre esas avenidas con árboles frondosos, donde las parvadas dan gracias a su  Dios Kau por haber vivido un día más. Por tener un nido donde descansan sus polluelos con su madre.

No sé hablar conmigo. Menos podría contigo. Es una dificultad que tengo desde mi infancia, cando fui antisocial y extremadamente callado. No puedo hilar un discurso sin defecar al honorable auditorio, o sin develar, para el escucha aguzado, quién patrocina algunos de mis discursos. En cambio, me fascina escuchar y leer.

Lección Dos: Los periodistas y analistas están en programas de televisión abierta o de paga, por internet. Expresan grandilocuentes frases, palabras domingueras, análisis laberínticos; a los cinco minutos ya me aburrieron. Lo entiendo: ahí todo es espectáculo. Ryszkard Kapuscinski  enseñó al Nido del Kau que su objetivo como reportero no consistía en pisar las cucarachas, sino en prender la luz para que mis amigos lectores vean cómo las cucarachas corren a ocultarse.

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