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EL NIDO DEL KAU: Tres tristes tías
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EL NIDO DEL KAU: Tres tristes tías

William Casanova 

por LaVerdad

EL NIDO DEL KAU: Tres tristes tías

EL NIDO DEL KAU: Tres tristes tías

En la calurosa tarde del jueves 14 ppdo., algo cambió el curso de la vida en Internet. Tres de las cuatro hermanas más comunicativas de estas tierras del Mayab sufrieron una aparatosa caída. Los espíritus de los antiguos mayas se alteraron, asomaron desde el inframundo para ver a unos seres estresados sin su dosis diaria del dulce veneno de amigos y parientes en Facebook. Enloquecidos sin su droga de la sensualidad, las curvas, sombras y colores de Instagram. En pánico, por el silencio de la Corre-ve-y-dile de las redes chismosas, el WhatsApp.

Como en una estampida de búfalos, con el piso tembloroso a los pies, los miles de afectados nos refugiamos en lo que otrora fuera la red de los aforismos, de las bellas ideas, del golpe a la mandíbula: Twitter permaneció firme.

Para qué contarles que ese jueves 14, al entrar a Twitter te reciba un ejército de cuentas encabezadas por Vicente Fox Quesada y  Felipe Calderón Hinojosa. De personas con la educación de un ¿Fernández? ¡No: roña! De periodistas con cuentas certificadas por el gran impacto de su fama publicando tuits con mentiras, fobias personales, la degeneración del más bello oficio del mundo. El clamor que generaron los dos primeros personajes es antonomasia: “Que les quiten Twitter, no sus pensiones (como ex presidentes)”.

El espectro político ha contaminado muchas cuentas, incluso las pagadas con el erario y, en consecuencia, deben estar al servicio de la comunidad, no del servidor público en turno  y/o su partido. Una estrategia mediática pensada en la política y no en el servicio público lo ha transformado en un Coso romano, al que se viene a destrozar, a masacrar al que piense distinto. Es el juego perfecto del sistema político mexicano: alienados todos en un mundo paralelo, en el que no hay esperanza, en el que todo es injuria, difamación, calumnia, pleito.

Y como zombies atrapados en la lectura de los comentarios, respuestas e insultos (leer un tuit me llevó 30 segundos, pero en sus comentarios invertí cuatro minutos), olvidé los problemas más urgentes de la sociedad, de mi familia. En Twitter, caí narcotizado con esa dosis de adrenalina, en ese gran concierto de rock, en ese estadio lleno de mi equipo de beisbol, de futbol, que me permitió expulsar la catarsis. Lo admito: me ganó esa batalla la política de comunicación institucional global.

Pero, ¡oh, sorpresa!, la caída de la tres tristes tías tardó lo suficiente para descubrir que en Twitter aún hay cuentas con poesía, con música, con usuarios que no necesitan seguir tendencias, colocar etiquetas gato, crear su #Lady o su #Lord del día, de subirse a los trenes del mame, robar tuits o arrobar a influencers.

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