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EL NIDO DEL KAU: El intermediario anónimo
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EL NIDO DEL KAU: El intermediario anónimo

William Casanova

por LaVerdad

EL NIDO DEL KAU: El intermediario anónimo

EL NIDO DEL KAU: El intermediario anónimo

Tarde o temprano llega el día en que no entendemos lo que escribimos. Literal. Con la mirada fija en el papel, unos garabatos usurpan el lugar donde antes estuvieron nuestras letras. La pregunta surge inevitable: “¿Qué escribí?”

La paulatina pérdida de la visión debe ir acompañada de una creciente desconfianza en los trazos rápidos, nuestras herramientas en la constante lucha contra el tiempo. De no hacerlo, corremos el riesgo de adquirir la nacionalidad de extranjeros frente a nuestros apuntes.

El problema se agrava cuando dejamos de entender, incluso, lo que escribimos en la computadora o en el teléfono. Mejor dicho: cuando perdemos de vista que escribimos para los demás, no para nosotros.

Y es aquí cuando nos damos cuenta de la importancia de ese anónimo intermediario entre emisor y receptores de un mensaje: los editores.

Con internet se abrió la posibilidad de escribir en un blog, publicar en plataformas de autoedición digital, de la impresión bajo demanda o publicar directamente a través de alguna plataforma digital, prescindiendo de un editor, olvidando que la labor de este intermediario anónimo, en cualquiera de sus vertientes (páginas web, libros, periódicos o revistas) es necesaria.

La calidad no está divorciada con la tecnología y la tecnología no es sinónimo de perfección. Igual que un editor tradicional debe depurar un texto, revisar una traducción y limpiar una corrección, en el formato digital su labor no es menor. Y con las posibilidades de la edición digital (interconexión, multimedia, metadatos), las oportunidades para aportar valor aumentan significativamente, y con ello la responsabilidad del editor.

Pero no sólo en el mundo digital se zanjó el camino entre autores y lectores. Hay periódicos impresos que osaron poner en práctica un experimento de altísimo riesgo: publicar de manera textual las colaboraciones. No les mueven ni una coma; no cambian el mínimo signo tipográfico a las editoriales que reciben. Si el colaborador omite escribir “¿”, la editorial se publica sólo con la “?”

Algunas veces, el último en enterarse del resultado de este experimento es el autor. En otras, algunos editorialistas lo notan y, sin modestia alguna, se ufanan del respeto total a su creación y hasta las duplican en sus redes sociales.

Desgraciadamente para ellos, los sinodales son los lectores, quienes de inmediato detectan el mal empleo de preposiciones, la desubicación de tiempos verbales, la carencia de propiedad de los adjetivos, el eufemismo, los pleonasmos, los vicios del lenguaje y tantos otros enemigos de la redacción, que lo motivan, con justa razón, a suspender la lectura.

Los médicos entierran sus errores; los periodistas, las publican. El leer y releer varias veces lo que escribimos antes de enviarlo a la Redacción nos permite detectar los errores más visibles, pero algunos se cuelan y, en la vergonzosa intimidad, nos damos cuenta del magno yerro cuando éste ha sido publicado.

Cada periodista o escritor tiene su propio estilo, pero tal estilo no está exento de incurrir en el error de colocar en el lugar indebido los componentes de la oración. Hoy, más que nunca, necesitamos de editores capaces de respetar el estilo de cada autor mientras reconstruyen las colaboraciones, para que el hilo de las ideas resulte limpio y el mensaje inteligible.

Muchas gracias por sus comentarios, crítica y observaciones. Como cada semana, pongo a su disposición mi correo [email protected] y por supuesto la cuenta de Twitter @xkau

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