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EL NIDO DEL KAU: El discurso
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EL NIDO DEL KAU: El discurso

William Casanova

por LaVerdad

EL NIDO DEL KAU: El discurso

EL NIDO DEL KAU: El discurso

La revolución informática se acompaña de grandes cambios en las formas de comunicación. Hoy, los medios impresos y digitales saben que demasiadas letras son un somnífero letal. En el cine, toda película que no sea de acción y tarde más de hora y media es una cita con Morfeo. Cuentos, poemas cortos y micro ficciones derrotan con facilidad a la novela entre las nuevas generaciones de lectores.

Son pocas las formas de comunicación que se mantienen rígidas, arcaicas. Como cadáveres insepultos que no se han dado cuenta de su realidad. Una de ellas es el discurso político.

En su cuenta personal, alguien reflexionó: “El acceso universal a la cultura comienza en el discurso. A veces pareciera que mientras éste es más rebuscado e inaccesible, más profundo o más trascendente; me parece que no.”

En los actos públicos, los políticos parecen no darse cuenta que mientras más hablan, el auditorio más se concentra en sus teléfonos, en las caras del vecino o en vuelo de una mosca. Muchos funcionarios leen textos que a veces ni ellos entienden porque los redactan sus asesores que, a su vez, para apantallar a sus jefes recurren a giros oscuros, palabras rebuscadas, a la soberbia intelectual.

Los legisladores, sin duda, son la obra cumbre de la verborrea, del desperdicio de litros y litros de saliva: suben a la tribuna en busca de los reflectores sintiéndose grandes oradores, ciegos a la epidemia de bostezos que genera su discurso. No sé por qué los médicos recetan fármacos de efectos secundarios ante algo tan sencillo: en casos de insomnio basta sintonizar el Canal del Congreso o el del Poder Judicial para dormir en cuestión de minutos.

Frases desgastadas, palabras comunes, ideas y oraciones plagiadas de internet conforman muchas veces el discurso político, olvidando que están robando lo más valioso a su auditorio: el tiempo de las personas que acuden a un acto público.

En el caso de los foros culturales, mención especial merecen las presentaciones de libros. Los comentaristas olvidan que el auditorio está allá por el autor o, en su caso, por la obra, y se pierden en peroratas, anécdotas que no vienen al caso y largas interpretaciones personales. Cuando algún amigo escritor me invita a la presentación de sus libros, la verdad, tan sólo pensar en que me tengo que chutar los sermones de los comentaristas declino mi asistencia.

Hay mucho por cambiar en los discursos, empezando por el pase de lista de todos los funcionarios, invitados, familiares y demás asistentes que se repiten una y otra vez en cada intervención. Basta con que el maestro de ceremonias presente a los invitados especiales una vez y punto; que el resto de los oradores se centre en su tema.

Dos, para que el discurso sea efectivo, debe estar limpio de propaganda, del culto al Príncipe en turno. Es chocante escuchar a cada rato “por instrucciones del Señor Fulanito”, “en cumplimiento del proyecto del Señor Fulanito”, “así se cumplen los deseos del Señor Fulanito”, el discurso nos dice que no hay trabajo en equipo, que hay una simple subordinación a un Iluminado, a un Todopoderoso de papel.

Y, finalmente, para que un discurso ideológico funcione no puede ser muy extenso; por el contrario, debe ser corto y sintético para orientar la acción, explicar algo en muy pocas palabras, y decir qué debe hacerse en situaciones complejas.

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