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¿Discriminación en la isla?, sí la hay, no es un mito
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¿Discriminación en la isla?, sí la hay, no es un mito

El tribunazo por Benito Pérez

por OmarTornel

¿Discriminación en la isla?, sí la hay, no es un mito

¿Discriminación en la isla?, sí la hay, no es un mito

En el siglo XVII el pedagogo y escritor estadounidense Amos Bronson Alcott, escribió “la civilización degrada a muchos para encumbrar a unos pocos”. Las quejas en Cozumel sobre el trato discriminatorio de los taxistas contra los vecinos, es real y se extiende.

Titulares como “Taxistas siguen haciendo de las suyas”, “Discriminan taxistas al pueblo”, “Reportan 14 quejas por discriminación en Q. Roo”, “Sancionarán a taxistas que discriminen a discapacitados y personas de la tercera edad” son cada vez más comunes en la entidad.

Pero lo peor es que están a nada de cambiar por “Restaurantes siguen haciendo de las suyas”, “Discriminan restaurantes al pueblo”, por fortuna “una golondrina no hace al Verano” pero a ¿qué viene todo este argüende?

Pues les cuento mis queridos tres lectores que aquí su servidor decidió visitar Cozumel en compañía de la familia, obviamente somos más mexicanos que el nopal, así que recorrimos parte del sitio y el trato fue excelente por ejemplo en el museo de la ciudad.


En el ferry, muy bueno, los de Ultramar sí que se lucen, además los trabajadores te hacen sentir bien, bromean, te sonríen, te consienten en pocas palabras. Peeero visitar Cozumel tenía un propósito, conocer el restaurante La
Choza, del que tantas recomendaciones tuve. Llegamos emocionados al sitio, la señora y el niño en su mundo, pero este señor que hoy escribe notó algo raro. Los meseros sufrían cada que nos acercábamos a una mesa, como diciendo “aquí no, aquí no”.


Y como me encanta picarle la cresta al gallo, puse mi mejor cara y me senté donde se me pegó la gana, -que al final nos cambiaron de mesa-. Pero si hay algo que a nadie le agrada, creo yo, es que te pongan cara de pocos amigos aunque la comida sea un manjar.

Minutos después llegaron dos familias de gringos, gueritos y de ojos azules, y entonces la cara de los meseros se transformó. Ahora sí sonreían, ahora sí jalaban las sillas para sentarlos. Todos querían con los gringos.

Y no culpo a los meseros, sólo llevan a cabo lo que mejor saben hacer: nos degradan a muchos para encumbrar a unos pocos. Habrá que ver.

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