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Cuentos cortos: La máquina de escribir
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Cuentos cortos: La máquina de escribir

Cuentos Cortos por Lidia Sanciprián, escritora y columnista invitada en LA VERDAD. Twitter: @rsanciprian2

por Lidia Sanciprián

Cuentos cortos: La máquina de escribir

Cuentos cortos: La máquina de escribir

Era un día para celebrar y vestirse de colores, Laura recibía el título de licen­ciatura, sin embargo había congoja, su abuelo había muerto hacía una semana

Todos le decían “El Ingeniero”, un título que le otorgó la gente, no la universidad, empezó a trabajar a los 16 años en la Reforma Agraria como dibujante, a los 18 años ya se había robado a la novia y a los 20 esperaban su primer hijo - o en este caso hija-.

El abuelo José quedó huérfano de madre a los 9 años de edad, junto con sus dos herma­nos menores, pasó al cuidado de la abuela y pronto a la tutela de la segunda esposa de su padre.

Vivió con limitaciones económicas y con las carencias emocionales de un padre estricto.

Fue un adulto prematuro que se hizo car­go de hermanos y muy pronto de su propia familia.

Por algunos momentos encontró respiro en los amigos y el alcohol, pero le duró poco, un robo callejero lo dejó en el piso y rápido aprendió a no volver a beber.

Entonces había poca difusión de grupos de autoayuda o psicología para entender la vida. No había nada que comprender sólo tener lo necesario para un techo, comida y que los hijos fueran a la escuela.

Con trabajo mediano, logró ahorrar no sólo en pesos sino en dólares.

En ese guardar dinero encontró grandes incentivos de vida, disfrutaba manejar al otro lado, a Laredo para guardar sus ahorros.

Llevaba a Laura, a la abuela y a cualquier hijo o nieto que apareciera, con mucha difi­cultad compraba ropa o zapatos a insistencia de Laura un día compro unos zapatos depor­tivos que conservó hasta su muerte.

Ahorró y ahorró; lo jubilaron y siguió ahorrando, Laura recordaba con cariño que el abuelo le regaló aquella máquina de escribir, que la acompañó en la maratónica tarea de terminar la tesis.

Llegó a los 70 años y ya no quería dormir, temía dormir y no despertar más, pero no fue en el sueño que la muerte lo alcanzó, fue una mañana que llevó a la esposa a Cardio­logía, en el patio del hospital, sin más se desvaneció; murió como mueren los hombres buenos, no se percató.

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