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 Las malas mujeres
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 Cuentos Cortos: Las malas mujeres

Cuentos Cortos por Lidia Sanciprián, escritora y columnista invitada en LA VERDAD.

Twitter: @rsanciprian2

por Lidiasanciprián

 Las malas mujeres

 Las malas mujeres

“Yo soy una de esas malas mujeres “

Afirmaba Bárbara. A los 22 años conoció a Ernesto. Entonces él tenía 45. Ella trabajaba como su asistente.

Sabía del compromiso de su jefe. Se en­cargaba no sólo de sus asuntos profesionales sino también de mandar flores a su esposa. El trato diario generó primero una relación de confianza y amistad que con el tiempo los convirtió en confidentes.

Ella vivía alrededor de las necesidades de Ernesto, así conoció sus encuentros y des­encuentros matrimoniales, compartían la pasión por el trabajo, los éxitos y sin sabores de su carrera profesional. Bárbara admiraba la inteligencia de aquel abogado.

Él era un jefe protector que la apoyaba con el hijo sin padre de Bárbara, producto de un amor y una adolescencia frustrada. Ella era una alma cansada que se dejó cobijar sin mirar quien.

Afirmaba Bárbara. Soy “La otra”. Primero ella sólo fue la salvadora del matrimonio de Ernesto, se amaron a escondidas y aquello sólo generó el fortalecimiento del amor de Ernesto por sus hijos, la familia y lo que ello implicaba.

Bárbara, después de un par de años, re­nunció a su trabajo y volvió a quedar sola con su hijo y su suerte. Cuando ella desapareció de aquel triángulo, el matrimonio de Ernesto colapsó. Él se negaba a divorciarse.

Hasta el día en que la esposa de Ernesto decidió irse. Él corrió a buscar a Bárbara, no sabía estar solo ni funcionar en el mundo sin una mujer que atendiera sus necesidades co­tidianas emocionales y físicas. Bárbara tenía finalmente a Ernesto, pero no tenía entonces el amor y la atención que esperaba.

Esta mujer mala pasó de ser la salvadora de un matrimonio a la carta de libertad de una esposa frustrada.

Ser del equipo de las malas trae consigo el dolor de los malos amores, pensaba Bárbara a sus 60 años, deseando llegará alguna otra mala mujer que le ayudará con aquella vida.

¡Que vivan las mujeres malas! decía Bár­bara, para que se hiciera cargo de Ernesto, al menos para que le ayudara un poco con aquella alma demandante de hombre que funcionaba como rey.

¿Cuánto habrá que agradecerles a esos seres endebles que se conforman con poco porque les tocó poco?

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