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Columna: Homilía. Yo soy al resurrección y la vida
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Columna: Homilía. Yo soy al resurrección y la vida

In láake’;ex ka t’aane’ex ich Maaya, kin tsikike’ex yéetel ki’imak óolal. Bejla’e’ te’ jo’ p’éel domingo’ ti’ u Kili’ich kiinilo’ob Cuaresma, yéetel u ka’ p’éel domingo’ táan kili’ch kunsik Misa ichil jonalo’ob k’aláno’ob.

por Gustavo Rodríguez

Columna: Homilía. Yo soy al resurrección y la vida

Columna: Homilía. Yo soy al resurrección y la vida

Muy queridos hermanos y hermanas, les saludo con el afecto de siempre en este quinto domingo del Santo Tiempo de Cuaresma, segundo domingo además de celebración eucarística a puertas cerradas.

En medio de tanto dolor, de tantas angustias y miedos, hay algunas buenas noticias que debemos conocer, aplaudir y agradecer a Dios.

El jueves pasado los gobernantes del llamado G20 (Grupo de los 20), incluido el Sr. Presidente de México, se reunieron en una junta virtual, para tomar acuerdos comunes y así enfrentar la pandemia del coronavirus.

Ojalá que esta pandemia deje como herencia un mayor diálogo entre las naciones, con acuerdos en favor de la paz, del desarrollo integral de los pueblos y del cuidado de la Casa Común. Es muy pronto el tiempo para valorar el beneficio al planeta debido a la cuarentena, pues hay científicos que opinan que esta pandemia es una consecuencia más del cambio climático.

Por otra parte, la convivencia obligada en casa, ha traído el reencuentro de las familias, reconociéndose entre sí todos los miembros, dialogando sobre cosas que tal vez no se conocían el uno del otro.

Ha sido, además, un tiempo de solidaridad para con los más necesitados, en el que estamos viendo el heroísmo de nuestros médicos, del personal de enfermería y demás trabajadores de los centros hospitalarios; un tiempo en el que la gente se desprende de sus excedentes de despensa para llevarlo a sus parroquias y que de ahí se entregue a quien lo necesite; un tiempo en el que muchos católicos se van preocupando por ayudar al sostenimiento de sus parroquias.

Sobre todo, ha sido un tiempo en el que la humanidad reconoce su pequeñez y su necesidad de Dios.

Tengo la firme esperanza de que saldremos de esta pandemia más humanizados y más creyentes en el Señor de la vida. Hoy, con el salmo responsorial, tomado del Salmo 129, nos dirigimos al Señor diciéndole: “Perdónanos, Señor, y viviremos”.

No cabe duda de que, al ver amenazada la salud de nuestros cuerpos, podemos recordar que somos también espíritu, y que nuestro espíritu también necesita vivir.

Podemos retomar nuestra conciencia de pecado y acercarnos al Señor confiados en su misericordia.

Si hemos de morir, que sea en amistad de Dios, pero si vamos a continuar viviendo en este mundo por un poco más de tiempo, que sea con una vida nueva, más llena de Dios, más fraterna, justa y solidaria con nuestros hermanos.

Aunque en tiempos del profeta Ezequiel la fe de Israel no miraba más allá de las fronteras de este mundo, en el pasaje que escuchamos en la primera lectura, el profeta se expresa en términos de muerte y resurrección, comparando el destierro con el estar muertos en vida, y el país donde se encuentran, como su sepultura, de donde el Señor los sacará.

Poco a poco, al paso de los siglos, se fue fortaleciendo en Israel la convicción de que tendría que haber resurrección de entre los muertos, para luego ir interpretando en sentido cada vez más literal las palabras del profeta que decía: “Pueblo mío, yo mismo abriré sus sepulcros, os haré salir de ellos… les infundiré mi espíritu y vivirán” (Ez 37, 13-14).

En la segunda lectura, tomada de la Carta de san Pablo a los Romanos, el apóstol garantiza a aquellos cristianos, y también a nosotros los cristianos de hoy, que a quienes lleven una vida ordenada y según Dios, el Espíritu de Dios vivirá en ellos.

Fijémonos que, en el texto de Ezequiel, la palabra “espíritu” se escribió con minúscula, y ahora san Pablo la escribe con mayúscula, porque ya los cristianos conocemos el misterio de la Santísima Trinidad, y sabemos que una vida ordenada es siempre una manifestación de la presencia del Espíritu Santo.

La gran promesa y certeza para quien vive según el Espíritu de Dios es esta: “El Padre, que resucitó a Jesús de entre los muertos, también les dará vida a sus cuerpos mortales, por obra del Espíritu, que habita en ustedes” (Rom 8, 11).

Las dos lecturas y el salmo preparan muy bien el camino para el maravilloso pasaje del santo Evangelio según san Juan en donde se narra la resurrección de Lázaro.

Según dice el texto, Jesús sentía un gran afecto por sus amigos Lázaro, Marta y María, lo cual nos habla de que Jesús tenía un corazón auténticamente humano. Sin embargo, aunque le avisaron de que su amigo Lázaro estaba enfermo, no fue a verlo sino hasta dos días después, y se quedó atendiendo a la gente con la que estaba.

Permitirnos los afectos nos humaniza, pero la razón, el deber y la responsabilidad están muchas veces por encima de los afectos.

Cuántos doctores y personal hospitalario en el mundo se han enclaustrado en los hospitales para atender, con el riesgo de su vida, a los enfermos contagiados del COVID-19, dejando incluso de ver por un buen tiempo a quienes aman.

Más allá de esta pandemia, los médicos tienen muchas oportunidades para renunciar temporalmente a quienes aman, para estar con quienes deben estar, y esto es verdadero amor.

Esto les pasa a muchos gobernantes, a muchos sacerdotes y a muchos que saben poner el servicio por encima de los afectos.

Cuando Jesús decide ir a ver a Lázaro, no se detiene ante la amenaza de que lo puedan atacar de nuevo, según le recuerdan los discípulos: “Maestro, hace poco que los judíos querían apedrearte” (Jn 11, 8).

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Les anuncia además que Lázaro ha muerto, y que él va ahora a “despertarlo”.

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Nuestra muerte será entrar en un sueño del que Cristo nos despertará.

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