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Columna: De Cine y Derecho. La criada y el Estado Totalitario
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Columna: De Cine y Derecho. La criada y el Estado Totalitario

LA NETA.- Esta combinación de ausencia de derechos y de poder ilimitado del Estado nos muestra un escenario apocalíptico donde el ser humano se reduce, prácticamente a un objeto y en el que el marco jurídico fue adaptado para legalizar los atropellos, violaciones y abusos del gobierno.

por Ma. Fernanda Matus

Columna: De Cine y Derecho. La criada y el Estado Totalitario

Columna: De Cine y Derecho. La criada y el Estado Totalitario

June Osborne, el personaje principal de la novela de la escritora canadiense Margaret Atwood, The Handsmaid´s Tale en su título original, es la representante literaria de este latente, constante y siempre presente peligro del Estado Totalitario del que también, en la ficción, supo Winston Smith, el protagonista de 1984, de George Orwell.

Guardadas las proporciones, El Cuento de la Criada, como se llama también la adaptación de esta serie que se puede ver vía streaming por HBO, nos plantea nuevamente un aterrador mundo posible: un Estado llamado Gilead, en el que las libertades y los derechos de las personas han desaparecido, de manera que los seres humanos se reducen a piezas útiles para los designios de un Ente o Estado Totalitario que vigila y controla las vidas de las personas, sin que haya límite alguno de su poder, como lo hace El Gran Hermano en 1984.

Esta combinación de ausencia de derechos y de poder ilimitado del Estado nos muestra un escenario apocalíptico donde el ser humano se reduce, prácticamente a un objeto y en el que el marco jurídico fue adaptado para legalizar los atropellos, violaciones y abusos del gobierno.

Las libertades básicas han sido arrebatadas: el derecho a la vida, a la libertad, a circular libremente, a la seguridad, a la libertad de expresión, a la vida plena, a ser oído en un tribunal, a formar una familia, a la presunción de inocencia, todo ha sido borrado en este pequeño Estado que tiene un marco legal que sirve a los intereses de la élite en el poder y que ha retraído la esclavitud, la tortura, los tratos crueles, inhumanos y degradantes como forma de control.

Como en 1984, estas aberraciones del Estado están bien respaldadas en la ley, es por eso que puede, a través de su Constitución y de las leyes secundarias, legalizar los abusos y controlar, reprimir y menoscabar las vidas de sus pobladores, particularmente de las mujeres.

Este marco jurídico y sus instituciones permiten al Estado Totalitario disponer de las vidas humanas y ejercer un gobierno de terror, basado en la amenaza de la punición en forma desproporcionada: por leer una mujer está condenada a perder la mano y por otros delitos los procesos son sólo una formalidad previa a la condena de muerte.

En la novela de Atwood las mujeres pasan a la parte más baja de la estratificación establecida por el Estado y han sido reducidas a existir en razón de su “destino biológico”: la maternidad y el cuidado del hogar.

Las denominadas “criadas”, grupo al que pertenece June, la protagonista, son mujeres que llevaban un estilo de vida de libertad e igualdad en la nación previa a Gilead (la zona norte de Estados Unidos incluyendo Boston) pero que en este nuevo orden es un estilo de vida que el Estado y la Iglesia condenan con la pena de muerte.

El único motivo por el que han sido perdonadas es su fertilidad, necesaria para las parejas infértiles que pertenecen al estrato más alto de la pirámide social de Gilead y que resuelven esta carencia de hijos a través de los vientres de las “criadas”.

Para ello, las “criadas” han quedado asignadas, prácticamente como esclavas, a los hogares de las parejas para las que deben gestar, siendo objeto de violación sexual, física y psicológica por parte de los hombres y a vivir bajo su control, sin ningún tipo de libertad para actuar o interactuar con otras personas, hasta que sean transferidas a la siguiente familia a la que servirán, para el mismo fin.

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La sombra del retroceso en los derechos que el Estado debe garantizar a las sociedades y posibilita a las personas vivir de manera digna conforme a su condición humana está siempre presente.

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Por eso vale la pena mirar esta ventana que nos ofrece Atwood, tanto como hay que mirar primero la de 1984 de Orwell, una obra maestra que no pierde vigencia.

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