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El baúl de los recuerdos por Lucía Cruz

El baúl de los recuerdos por Lucía Cruz

El baúl de los recuerdos por Lucía Cruz

Por Lucia Cruz

15/01/2018 09:59

Sí, sé que todos estamos cansados de hablar o escuchar a los demás hablar acerca de sus propósitos de año nuevo… es enero y la fiebre de los propósitos está en el apogeo. Así que me sumo a estas personas para contarles que este año he decidido comer más saludable, siendo honesta, soy un fracaso para las dietas, entonces considero más realista cuidar todo lo que como.

Como todavía faltaba la rosca de reyes, decidí empezar con este propósito la semana pasada. Fui al supermercado, compré lo que consideraba podría ayudarme con la alimentación y que tampoco implique matarme de hambre.

Mi primer día iba de maravilla, hasta que mi papá nos invitó a nuestro tradicional “Martes de tiangazo”, sí, nos gusta ir a caminar un rato y comer rico en el tianguis que nos queda cerca de la casa… Ese día estuve sintiéndome triste todo el día, sin ganas, estaba de pesimista sin importar lo que me dijeran, ¿les ha pasado esto?

Que tienen días en los que no saben qué es lo que realmente tienen y no logras subir tu estado de ánimo, ahí me encontraba, hasta que salí a despejarme, pero mi humor seguía igual. Aquí me llevé mi primer “estate quieta”, un día antes cuando nos surtimos de fruta en el súper, no nos salió tan económica como esperábamos y además, había poca variedad…

Y para nuestra sorpresa en el tianguis todo estaba barato, que el precio no es lo importante, sino que no nos damos el tiempo de consumir productos que tenemos a nuestro alcance y que beneficia directamente a un pequeño negocio y no a una gran cadena, que no se irá a la quiebra si compro mis frutitas y verduras en otro lugar. Luego, lo esperado pasó, con sólo un día comiendo saludable, tenía antojos de una marquesita.

Mi tía y mi mamá decidieron comprar la suya, intenté con todas mis fuerzas no caer en la tentación y culpé a mi humor de pedirme una, pero no como la tradicional y el señor en el que pidieron no tenía lo que quería, ellos pidieron ahí y nosotros caminamos más adelante a pedir la mía…

Ahí estaba, pensando que me iba a tragar una marquesita cuando me di cuenta de que el señor que nos atendía, no tenía un brazo. Sentí como si un balde de agua fría me hubiera caído en el cuerpo y de verdad, tuve que contener las lágrimas.

Ese señor, sin conocernos, me hizo dar cuenta que yo todo el día estuve sintiéndome quejumbrosa de la vida sin motivo alguno y él que podría tener un motivo para quejarse, estaba ahí, frente a mí, ganándose la vida honradamente y dándome una cachetada con guante blanco.

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