¿Pueden las sanciones económicas seguir siendo eficaces en un mundo multipolar?

En un contexto internacional marcado por la emergencia de potencias alternativas y la creciente fragmentación del orden mundial, el uso de sanciones económicas como herramienta de presión por parte de Estados Unidos y sus aliados enfrenta un escrutinio cada vez mayor. Mientras que en décadas pasadas estas medidas eran ampliamente efectivas gracias al control occidental sobre el sistema financiero global, hoy los actores sancionados cuentan con nuevas alternativas para evadir restricciones, lo que pone en tela de juicio su real impacto.

El poder de las sanciones en el sistema unipolar

Desde la Guerra Fría hasta bien entrado el siglo XXI, Estados Unidos ha liderado la arquitectura económica internacional, centralizada en el uso del dólar, el sistema SWIFT y el control del comercio global. En ese escenario, las sanciones unilaterales o multilaterales, como las impuestas a Irán, Corea del Norte, Venezuela o Rusia, lograban paralizar sectores estratégicos, limitar el acceso a divisas y aislar a los gobiernos objetivos del sistema financiero internacional.

La efectividad de estas sanciones dependía en gran medida de la cooperación transatlántica y del dominio normativo de Occidente. Las empresas globales, temiendo perder acceso al mercado estadounidense, solían cumplir con las restricciones, incluso si no estaban obligadas por sus gobiernos nacionales. Sin embargo, esta dinámica empieza a erosionarse.

La respuesta del eje euroasiático

La guerra en Ucrania y la reacción occidental, con más de 13.000 sanciones contra Rusia, han provocado una acelerada adaptación por parte de Moscú y sus aliados. Rusia ha aumentado el uso del rublo y del yuan en sus transacciones, ha redirigido su comercio hacia Asia y ha encontrado compradores para su energía en India, China y otros países que no siguen las sanciones.

A la par, China impulsa la internacionalización del yuan, desarrolla sistemas alternativos como el CIPS (Sistema de Pagos Interbancarios Transfronterizos) y promueve convenios bilaterales en monedas locales. En tanto, Irán ha perfeccionado una red paralela de comercio con países vecinos, apoyado en criptomonedas, triangulaciones comerciales y economías informales.

En este entorno, las sanciones ya no logran el grado de estrangulamiento buscado y, en cambio, pueden fortalecer alianzas entre países sancionados, erosionando la capacidad disuasiva de Occidente.

El auge de las criptomonedas y los bloques regionales

Otro factor que debilita la eficacia de las sanciones es el avance tecnológico en los mecanismos de pago. Las criptomonedas y monedas digitales estatales ofrecen nuevas formas de evadir controles, lo que ha permitido que gobiernos sancionados mantengan operaciones comerciales fuera del radar tradicional.

A la vez, surgen bloques regionales con intereses propios, como los BRICS, que no necesariamente respaldan las decisiones de Washington o Bruselas. Estos grupos no solo cuestionan el uso de sanciones como herramienta diplomática, sino que están construyendo su propia infraestructura financiera paralela.

Sanciones: éxito limitado y costos inesperados

A pesar de estos cambios, las sanciones siguen teniendo efectos notables, especialmente en el corto plazo. Dañan economías, dificultan el acceso a tecnología, y generan presión política interna. Sin embargo, los resultados en términos de cambio de régimen o modificación de conducta son escasos. En muchos casos, los gobiernos sancionados han endurecido sus posiciones, utilizado el aislamiento para fortalecer discursos nacionalistas, o incluso mejorado su resiliencia económica.

También existen costos colaterales para quienes imponen las sanciones. Las empresas occidentales pierden acceso a mercados importantes, se multiplican los efectos inflacionarios globales, y se acelera la transición hacia un mundo con múltiples centros de poder económico.

Un futuro incierto para el poder sancionador

En la era multipolar, la eficacia de las sanciones dependerá cada vez más de la coordinación internacional, la legitimidad percibida y la adaptabilidad técnica. Las medidas que no cuenten con apoyo amplio tienden a ser menos efectivas y a generar resistencias inesperadas.

El reto para Occidente será renovar sus estrategias para influir en el comportamiento de otros Estados, posiblemente complementando las sanciones con incentivos diplomáticos, compromisos multilaterales y herramientas tecnológicas de trazabilidad financiera.

En definitiva, el uso de sanciones como arma geopolítica no desaparecerá, pero su impacto está cada vez más condicionado por un orden internacional en transformación, donde la hegemonía económica está lejos de ser unánime y la adaptabilidad es la nueva moneda de poder.

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