Un torbellino de acusaciones de racismo sacudió a la WNBA, involucrando a Angel Reese, Caitlin Clark y la analista Chiney Ogwumike. La liga investigó y no encontró pruebas. Ahora, con la disculpa de Ogwumike, quedan las cenizas de un juicio mediático.
El baloncesto femenil profesional, y en particular la WNBA, vive un momento de auge mediático sin precedentes, impulsado en gran medida por la llegada de estrellas universitarias como Caitlin Clark y la intensa rivalidad que protagoniza con figuras como Angel Reese. Sin embargo, esta mayor exposición también magnifica cada controversia, transformando incidentes en el campo o fuera de él en verdaderas tormentas mediáticas. El reciente episodio de acusaciones de racismo por parte de aficionados durante un partido entre las Indiana Fever de Clark y las Chicago Sky de Reese el pasado 17 de mayo, y la subsiguiente gestión del caso, es un claro ejemplo de las complejidades y peligros que acechan en esta nueva era.
La acusación, la amplificación y la investigación fallida
Todo comenzó con alegaciones de que Angel Reese fue objeto de comentarios racistas por parte de aficionados en Indiana, tras una falta flagrante cometida por Caitlin Clark. Estas acusaciones, como suele suceder en la era digital, encontraron eco rápidamente en redes sociales y fueron amplificadas por figuras mediáticas. Entre ellas destacó Chiney Ogwumike, analista de ESPN y exjugadora de la WNBA, quien en el programa «Get Up» afirmó que «no hay espacio en nuestro juego para ese tipo de comentarios» y reveló haber tenido «conversaciones de primera mano con personas muy cercanas a la situación que plantearon preocupaciones reales». Sus palabras, emitidas desde una plataforma de enorme influencia, otorgaron una pátina de credibilidad a las denuncias.
Ante la gravedad de lo expuesto, la WNBA inició una investigación formal. El 28 de mayo, la liga emitió un comunicado anunciando que, tras revisar material de audio y video, y recabar testimonios de aficionados, personal del equipo y del estadio, «no ha corroborado» las alegaciones de comportamiento racista. Un jarro de agua fría para quienes daban por sentados los hechos.
La respuesta de Ogwumike no se hizo esperar. Un día antes del anuncio oficial de la WNBA, el 27 de mayo, publicó un video de disculpa en sus redes sociales. En él, lamentó que sus comentarios, hechos «en el calor del momento», pudieran haber afectado a los aficionados de Indiana de una manera no intencionada y se comprometió a ser más responsable con el uso de su plataforma. Reconoció que sus afirmaciones iniciales se basaron en esas «conversaciones de primera mano», un punto que abre un debate crucial sobre el rol de los analistas y la verificación de la información.
El tribunal de la opinión pública y el daño colateral
Este caso es una lección sobre la peligrosa velocidad con la que se forman narrativas en el tribunal de la opinión pública, especialmente cuando se tocan fibras tan sensibles como el racismo. Los aficionados de Indiana Fever, señalados colectivamente, se sintieron «injustamente implicados». La virulenta reacción de Dave Portnoy, fundador de Barstool Sports, quien asistió al partido, es sintomática del hartazgo de un sector del público ante lo que consideró una investigación basada en «sandeces» y la credibilidad otorgada a un «troll obvio». Portnoy no dudó en arremeter contra la WNBA y ESPN, argumentando que Caitlin Clark tuvo que defender a sus fans innecesariamente.
Y aquí yace una de las grandes interrogantes: cuando las acusaciones no se sustentan, ¿quién repara el daño reputacional infligido a los «acusados»? La WNBA reafirma su compromiso con un entorno inclusivo, pero este compromiso debe extenderse a proteger a todas las partes de juicios sumarios y acusaciones infundadas. La presunción de inocencia parece ser la primera víctima en la era de la viralidad.
El efecto ogwumike: Responsabilidad y riesgos
La disculpa de Chiney Ogwumike es un gesto valiente y necesario, pero también una admisión implícita de los riesgos inherentes a su posición. Como analista en una cadena de la magnitud de ESPN, sus palabras tienen un peso considerable. Basar afirmaciones tan serias en «conversaciones de primera mano» no verificadas públicamente es, cuando menos, arriesgado. Este episodio debe servir de reflexión para todos los comunicadores deportivos: la línea entre informar, analizar y especular es delgada, y cruzarla sin la debida diligencia puede tener consecuencias imprevistas y dañinas.
Más preocupante aún es el posible «efecto silenciador» que un caso como este, tan publicitado y finalmente «no corroborado», pueda tener sobre futuras denuncias legítimas de racismo. Si la percepción que se instala es que las acusaciones son fácilmente desestimadas o que conllevan un escrutinio público feroz, las verdaderas víctimas podrían optar por el silencio por temor a no ser creídas o a sufrir represalias.
La WNBA, en pleno crecimiento y con los focos sobre sus nuevas estrellas, enfrenta el desafío de gestionar estas crisis con transparencia y equidad. Su investigación, aunque concluyente en este caso, debe ser percibida como robusta e imparcial para mantener la confianza de jugadores, aficionados y observadores. El «caso Reese-Ogwumike-WNBA» no es solo una anécdota; es un espejo de las tensiones y responsabilidades que acompañan al deporte profesional en el siglo XXI.
«En la corte del deporte, las acusaciones son ruidosas, pero los hechos deben ser irrefutables. El caso Reese-Ogwumike-WNBA es un recordatorio: la pasión no puede anular la presunción de inocencia, ni siquiera en las gradas.»
