
El fútbol femenino afgano vuelve a tener voz y presencia en el escenario internacional. Cuatro años después de que las jugadoras de la selección nacional de Afganistán huyeran de su país tras la toma de poder de los talibanes, un grupo de ellas ha vuelto a portar con orgullo los colores de su nación. Aunque lo hacen como refugiadas, su regreso representa un mensaje poderoso: el deporte puede ser una forma de libertad, resistencia y unión.
Un regreso lleno de emoción y significado
El nuevo equipo, que se hace llamar “Mujeres Unidas de Afganistán”, ha vuelto a competir oficialmente en el torneo FIFA Unites: Women’s Series 2025, que se celebra en Marruecos. Este evento amistoso, organizado por la FIFA, reúne a selecciones de Chad, Libia y Túnez, y marca el primer partido internacional en casi cuatro años para las futbolistas afganas.
“Es realmente emocionante vernos, abrazarnos y finalmente jugar juntas”, declaró Fatima Haidari, la capitana del equipo, quien ahora reside en Italia. Su mensaje es claro: a pesar del exilio y los desafíos, “nunca te rindas”.
Para las jugadoras, este torneo simboliza mucho más que una competencia deportiva: es el reencuentro con su identidad y una oportunidad para visibilizar a las mujeres que aún viven bajo las restricciones del régimen talibán, donde el deporte femenino está prohibido desde 2021.
Un sueño que resistió el exilio
La creación del equipo actual fue posible gracias a años de cabildeo y trabajo conjunto entre las jugadoras, su ex capitana Khalida Popal y diversas organizaciones de derechos humanos. Popal, quien ha sido una de las voces más firmes en defensa del fútbol femenino afgano, aseguró que verlas competir nuevamente es “un buen comienzo, aunque todavía insuficiente”.
La FIFA tuvo que ajustar los planes originales del torneo, que iba a disputarse en Dubái, para permitir la participación de las futbolistas afganas que no pudieron obtener visas. Finalmente, Marruecos se convirtió en la sede que les abrió las puertas.
El equipo fue conformado tras varios campamentos de identificación realizados en Australia e Inglaterra, en los que se convocó a 70 jugadoras refugiadas antes de reducir la lista final a 23. La entrenadora, Pauline Hamill, destacó que volver al campo “es una gran victoria” en sí misma: “Este torneo nos da la oportunidad perfecta para reconstruir nuestro futuro”.
Un pasado de abusos y silencios
El camino del fútbol femenino afgano ha estado marcado por la adversidad. Antes del regreso de los talibanes, la Federación Afgana de Fútbol ya enfrentaba denuncias por abusos y violaciones dentro del programa femenino. Su entonces presidente, Keramuddin Keram, fue expulsado de por vida por la FIFA tras confirmarse los casos.
Cuando los talibanes retomaron el poder en 2021, las jugadoras se vieron obligadas a quemar sus uniformes y huir para evitar ser perseguidas. “Fue una experiencia amarga”, recuerda Haidari. “Dejas tu tierra, tu familia, tus amigos… pero aún llevas contigo los sueños de todas las mujeres que no pueden jugar”.
Hoy, muchas de las integrantes viven en Australia, Europa o Estados Unidos, donde intentan reconstruir sus vidas sin abandonar su pasión por el fútbol.
El desafío del reconocimiento oficial
Aunque la FIFA aprobó en mayo la Estrategia de Acción para el Fútbol Femenino Afgano, el equipo aún no cuenta con un reconocimiento oficial que le permita representar a Afganistán en competiciones internacionales como la Copa Mundial Femenina o los torneos asiáticos.
Popal y sus compañeras aspiran a que las “Mujeres Unidas de Afganistán” sean reconocidas como una federación independiente, capaz de gobernarse sin interferencias políticas o religiosas. “Queremos asegurarnos de que las chicas no sean silenciadas”, afirmó.
Aun sin ese respaldo formal, su participación en Marruecos ya es un logro. En su debut, el equipo cayó 6-1 ante Chad, con Manozh Noori anotando el primer gol de este nuevo capítulo histórico.
Un mensaje más allá del marcador
Para las jugadoras afganas, el resultado es lo de menos. Lo importante es volver a jugar, sentirse seguras y libres. “Me siento libre como mujer, como niña, para tener una vida normal, para soñar”, expresó Haidari. “Llevo los sueños de todas las mujeres de Afganistán que quieren jugar”.
El renacimiento del fútbol femenino afgano es, en última instancia, una victoria simbólica contra la opresión. Aunque su camino hacia el reconocimiento oficial aún es largo, el simple hecho de volver a pisar el césped bajo una bandera común demuestra que el espíritu deportivo puede sobrevivir incluso a los regímenes más duros.
En cada pase, en cada gol y en cada grito de aliento, estas mujeres están recordándole al mundo que el fútbol también puede ser un acto de libertad.