Chicago amaneció distinta tras una noche que parecía imposible. El frío habitual del invierno no impidió que la ciudad vibrara con una remontada que quedará tatuada en la memoria colectiva, una de esas historias que se cuentan durante generaciones porque redefine la identidad de un equipo y de su afición.
La narrativa del partido parecía escrita desde el segundo cuarto. Abajo 21-3 al descanso, los Osos de Chicago lucían superados por unos Empacadores sólidos y confiados, dominadores del ritmo y del marcador. La rivalidad más antigua de la NFL volvía a inclinarse hacia Green Bay, mientras las gradas contenían la respiración y el escepticismo se filtraba entre cada jugada.
El inicio de una noche que parecía perdida
El comienzo fue cuesta arriba. Errores ofensivos, presión constante y una defensa rival que castigaba cada intento. El marcador avanzaba sin piedad y el silencio se apoderaba del estadio. En ese contexto, la figura del novato Caleb Williams parecía empequeñecida por el momento, aunque por dentro se gestaba algo distinto.
Chicago no encontraba respuestas en la primera mitad. Las rutas no se abrían, el juego terrestre era contenido y la desventaja crecía hasta los 18 puntos. En un duelo de playoffs, esa diferencia suele ser sentencia, especialmente ante un rival que sabe administrar ventajas.

La calma de un novato bajo presión máxima
El tercer cuarto no cambió demasiado el panorama en el marcador, pero sí en el lenguaje corporal. Williams comenzó a leer mejor las coberturas, a mover las cadenas con pases cortos y a sostener ofensivas largas que oxigenaron al equipo. No era aún la remontada, pero sí el punto de quiebre emocional.
Chicago empezó a creer desde la banca. Cada serie ofensiva terminaba con aplausos, cada tacleada defensiva se celebraba como un presagio. El déficit seguía ahí, pero la inercia ya no pertenecía del todo a Green Bay.
El cuarto periodo que cambió la historia
Los últimos quince minutos fueron un torbellino. La ofensiva explotó con ritmo acelerado, la defensa ajustó coberturas y forzó errores. De pronto, los puntos llegaron en cascada y la ventaja se redujo hasta convertirse en una presión insoportable para los Empacadores.
Chicago superó 25-6 a su rival en el último cuarto, una cifra que explica por sí sola la magnitud del colapso y del renacimiento. Cada jugada parecía escrita para el drama, para sostener la tensión hasta el último segundo.
El pase que desató la locura
Con 1:43 por jugar, Caleb Williams retrocedió, observó la banda izquierda y lanzó un pase de 25 yardas perfecto a DJ Moore, completamente descubierto. El balón cayó suave, preciso, definitivo. El touchdown no solo puso el 31-27, también liberó quince años de frustración acumulada.
Chicago tomó la ventaja cuando más pesa, en el instante donde solo los equipos con carácter se imponen. La celebración fue contenida, porque aún quedaba una última amenaza.
Defensa, sufrimiento y redención final
Jordan Love condujo a Green Bay hasta territorio enemigo en una serie final cargada de nervios. El reloj avanzaba y la zona de anotación parecía cercana. En tercera oportunidad desde la yarda 28, un pase destinado al touchdown fue desviado en la zona prometida por Jaquan Brisker, justo cuando el tiempo se agotaba.
Chicago explotó. Jugadores, cuerpo técnico y aficionados se fundieron en una celebración que no necesitaba explicación. El apretón de manos entre entrenadores selló un duelo intenso, digno de la rivalidad.
La sombra de la lesión de TJ Edwards
No todo fue celebración. En la primera mitad, el linebacker TJ Edwards sufrió una lesión en el tobillo izquierdo tras un choque desafortunado con Christian Watson. Fue retirado en camilla, con una férula de aire, en una escena que heló al estadio.
Edwards, limitado durante la temporada regular por lesiones, es una pieza emocional del vestidor. Su estado genera preocupación de cara a la ronda divisional, donde la exigencia física será aún mayor.
El efecto Ben Johnson y un proyecto que ilusiona
La primera temporada de Ben Johnson como entrenador en jefe ya tiene un sello imborrable. Siete victorias de remontada en el último cuarto hablan de un equipo resiliente, preparado mentalmente para escenarios adversos.
Chicago no solo ganó un partido; consolidó una identidad. La disciplina, la confianza en el mariscal novato y la capacidad de ajustar sobre la marcha son señales de un proyecto que va más allá de un solo juego.
Lo que viene en la ronda divisional
Con esta victoria, los Osos serán anfitriones en la siguiente ronda de playoffs. El reto será mayor, la presión también, pero la narrativa ha cambiado. Ya no se trata de un equipo que sorprende, sino de uno que cree y compite.
Chicago entra a la fase decisiva con la moral en lo más alto y con la sensación de que, pase lo que pase, algo profundo ya se transformó en esta franquicia.