
Lo que vimos en Medellín no fue fútbol, fue una vergüenza. La batalla campal entre Nacional y Millonarios es el síntoma de una enfermedad terminal. El veredicto de Sport Judge es claro: la Dimayor es cómplice por su inacción.
La Chispa que Encendió el Fuego: Así Empezó la Batalla
El pitazo final del partido entre Atlético Nacional y Millonarios en el Atanasio Girardot no trajo el alivio de la competencia terminada, sino el estallido de la violencia contenida. La victoria por 1-0 de Millonarios eliminaba a Nacional de la final de la Liga Betplay en su propio estadio, un golpe devastador para el orgullo local. Pero la frustración deportiva degeneró rápidamente en una batalla campal.
El detonante, según los informes, fue una provocación verbal. Kevin Palacios, un joven jugador de Millonarios, tuvo un altercado con Camilo Cándido de Nacional. Las palabras exactas se perdieron en el caos, pero la reacción fue inmediata y furiosa. Jugadores de Nacional, incluyendo figuras como el portero internacional David Ospina y el experimentado Jorman Campuzano, se lanzaron contra Palacios. Las imágenes son inequívocas: empujones, persecuciones y conatos de agresión física que involucraron a múltiples jugadores de ambos equipos, convirtiendo el césped en un campo de batalla.
El Expediente de la Violencia: Un Clásico Teñido de Agresión
Este incidente no puede analizarse como un hecho aislado. Es el producto de un caldo de cultivo de alta presión, una rivalidad histórica exacerbada por la importancia del partido. Para Nacional, la derrota era doblemente dolorosa, ya que confirmaba una especie de «paternidad» reciente de Millonarios en Medellín, donde el equipo local no ha podido ganar en casi ocho años. Esta humillación deportiva, sumada a la tensión de un clásico, creó la atmósfera perfecta para que la indisciplina se desbordara.
La violencia en el fútbol colombiano, lamentablemente, no es una novedad. Este episodio es solo el último síntoma de una cultura donde la pasión se confunde con la agresión, y la frustración se canaliza a través de la violencia física en lugar del profesionalismo. Incidentes como este manchan la reputación de la liga y plantean serias dudas sobre la seguridad y el control en los estadios.
La Sentencia de la Burla: ¿Son las Sanciones de Dimayor un Chiste?
Ante la evidencia flagrante de la violencia, toda la atención se centró en la respuesta de la Dimayor, el órgano rector del fútbol profesional colombiano. ¿Impondría un castigo ejemplar para sentar un precedente? La respuesta, hasta ahora, parece decepcionante.
Si bien la Resolución No. 034 de 2025 sanciona a Jorman Campuzano de Nacional con dos fechas por «conducta violenta», y reportes previos mencionaban sanciones más duras por otros incidentes, el castigo general parece desproporcionadamente leve en comparación con la magnitud del caos presenciado. Varios jugadores claramente implicados en la trifulca, visibles en los videos, parecen haber escapado con sanciones mínimas o ninguna. Esta aparente selectividad y falta de contundencia envía un mensaje peligroso: la violencia en el campo tiene un costo bajo.
Veredicto del Juez: La Cultura de la Violencia que la Liga se Niega a Curar
El verdadero juicio de Sport Judge no es para los jugadores que perdieron la cabeza en un momento de calentura. Ellos son culpables, sí, pero son solo los actores de un drama mucho mayor. La sentencia principal es para la Dimayor y su alarmante incompetencia institucional. Al imponer sanciones que son poco más que una palmada en la muñeca, la Dimayor se convierte en cómplice. Falla en su deber fundamental de proteger la integridad del juego y de enviar un mensaje inequívoco de que la violencia es inaceptable.
Este episodio revela una cultura de violencia normalizada que permea el fútbol sudamericano. Los jugadores actúan con impunidad porque saben que las consecuencias son mínimas. Las directivas a menudo guardan silencio, y los órganos rectores, como la Dimayor, demuestran una y otra vez que carecen de la autoridad o la voluntad para erradicar este cáncer.
El veredicto es que, hasta que la Dimayor no imponga sanciones verdaderamente ejemplares que duelan deportiva y económicamente, seguiremos siendo testigos de estas vergonzosas escenas. La violencia no se irá por sí sola; debe ser extirpada con la cirugía de la justicia real, no con las tiritas de las sanciones simbólicas.