
Conor McGregor vuelve a ser noticia, y no por sus victorias en el octágono. Una nueva acusación de agresión en Ibiza se suma a un historial de violencia alarmante. Este es el juicio no solo a un atleta, sino al sistema que lo protege.
El nombre de Conor McGregor se ha convertido en sinónimo tanto de éxito en las artes marciales mixtas como de un alarmante y recurrente patrón de violencia fuera de la jaula. La última acusación, una presunta agresión brutal a un hombre en una discoteca de Ibiza, no es un hecho aislado; es la última pieza de un rompecabezas de escándalos que dibuja el perfil de un individuo peligroso y de un sistema deportivo que parece mirar hacia otro lado.
Este tribunal no juzga un solo incidente, sino la totalidad de la evidencia. Y el veredicto es una condena a la impunidad.
El Expediente: Un Historial de Violencia
El historial de McGregor con la ley y la violencia es extenso y preocupante. Los cargos presentados hoy son solo la punta del iceberg:
* Julio 2022, Ibiza: Una mujer lo acusó de agredirla violentamente en su yate, alegando que la golpeó y amenazó con ahogarla. Aunque la denuncia fue retirada posteriormente, los detalles fueron escalofriantes.
* Octubre 2021, Roma: El DJ italiano Francesco Facchinetti lo acusó de romperle la nariz de un puñetazo sin provocación alguna.
* 2019, Dublín: Se declaró culpable de agredir a un anciano en un pub por negarse a aceptar un vaso de su whisky.
* 2018, Nueva York: El infame ataque a un autobús de la UFC, donde lanzó una carretilla metálica hiriendo a otros luchadores.
* Múltiples acusaciones de agresión sexual: Ha enfrentado varias acusaciones graves, incluida una en un hotel de Dublín en 2018 por la que fue declarado responsable en un juicio civil y condenado a pagar una indemnización.
La lista sigue, con violaciones de tráfico y otros altercados. El patrón es innegable: una y otra vez, McGregor utiliza la violencia física para resolver conflictos o simplemente por impulso.
El Silencio de los Cómplices
Tan grave como las acciones de McGregor es la pasividad de las instituciones que se benefician de su fama. La UFC, presidida por Dana White, ha condenado sus actos de forma tibia en el pasado, pero nunca ha impuesto una sanción verdaderamente ejemplar que ponga en riesgo su principal activo económico.
Los patrocinadores, las televisiones y una parte de los aficionados continúan idolatrando al luchador, separando al «showman» del presunto delincuente. Esta disociación crea un ecosistema de impunidad donde McGregor siente que sus acciones no tienen consecuencias reales. Se le permite pagar multas, llegar a acuerdos y seguir siendo el rostro de un deporte global.
Mientras el mundo del deporte siga celebrando al atleta sin condenar al agresor, la sombra de Conor McGregor seguirá creciendo, esperando a su próxima víctima.