Se ha firmado el certificado de defunción de un histórico. El Brescia Calcio ha muerto, no en una batalla épica en el campo, sino en el despacho de un contable por una suma irrisoria. Este es el veredicto sobre la negligencia que borró 114 años de historia del fútbol.
El fútbol italiano está de luto, pero es un luto teñido de indignación. El Brescia Calcio, un club con 114 años de historia, ha declarado la bancarrota y, con ello, ha perdido su derecho a competir en el sistema de ligas profesionales de Italia. El club ya había sido herido de muerte con un descenso administrativo de la Serie B a la Serie C, tras una deducción de cuatro puntos por irregularidades financieras. Ahora, la herida es mortal.
Lo que convierte esta tragedia en una farsa es la causa del colapso: la negativa de su propietario, el empresario Massimo Cellino, a pagar una deuda pendiente de apenas 3 millones de euros, parte de una deuda fiscal más grande de 8 millones. En el universo hiperinflado del fútbol moderno, donde los salarios y traspasos se cuentan por decenas de millones, dejar morir a un club por una cantidad tan manejable no es una quiebra; es un acto de abandono deliberado.
Un Cementerio de Leyendas
La desaparición del Brescia no es la de un club cualquiera. Por sus filas pasaron algunos de los nombres más ilustres del fútbol mundial. Hablamos del Divino, Roberto Baggio, que encontró en Brescia el renacimiento de su carrera. Hablamos del Maestro, Andrea Pirlo, que dio sus primeros pases en ese césped. Incluso Pep Guardiola, hoy uno de los entrenadores más laureados del mundo, vistió su camiseta. Luca Toni y Mario Balotelli también forman parte de su rica historia.
Este no era solo un club de fútbol; era un patrimonio cultural, un equipo que pasó 23 temporadas en la Serie A y 66 en la Serie B, ganando esta última en cuatro ocasiones. Su desaparición es un acto de vandalismo histórico, perpetrado por quien debía ser su guardián.
El Veredicto: Culpable de Negligencia
El principal acusado en este juicio es, sin duda, Massimo Cellino. Su historial como propietario de clubes, incluyendo etapas controvertidas en el Cagliari y el Leeds United de Inglaterra, ya era una advertencia. Su decisión de no saldar una deuda relativamente pequeña, permitiendo que el club se hundiera, demuestra un desprecio absoluto por la institución, sus aficionados y su historia. Esto no se trata de un empresario que se quedó sin fondos; se trata de un propietario que, según todos los indicios, simplemente «no quiso» pagar, dejando que su activo se pudriera.
Pero Cellino no es el único culpable en el banquillo. Las autoridades del fútbol italiano, la Federación Italiana de Fútbol (FIGC), también deben ser juzgadas. Sus sanciones, como la deducción de puntos, fueron medidas punitivas que solo aceleraron la caída del club en lugar de ser intervenciones protectoras. ¿Dónde estaban los mecanismos de control financiero para evitar que un propietario llevara a un club a este punto? ¿Cómo es posible que un sistema permita que un activo cultural de más de un siglo sea tratado como el capricho desechable de un solo hombre?
El veredicto de Sport Judge es doble. Massimo Cellino es declarado culpable de la destrucción de un patrimonio histórico por ego y negligencia. Pero la FIGC y las estructuras de gobierno del fútbol son declaradas culpables de complicidad por omisión. Han demostrado una vez más que sus regulaciones son insuficientes para proteger el alma del deporte de los caprichos de los hombres de negocios. La muerte del Brescia es una advertencia para todos: ningún club está a salvo mientras su destino dependa de la voluntad de un solo hombre en lugar de la protección de un sistema justo y robusto.
